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“EL MIEDO ES NUESTRO ALIADO”

Fotos: Cortesía del entrevistado

Fotos: Cortesía del entrevistado

Tiene 38 años y hasta hace poco más de un mes, se desempeñaba como jefe de departamento del Centro Provincial de Promoción y Educación para la Salud; pero hoy el doctor Jorge Luis Quiñones es el único holguinero entre los 165 cubanos que enfrentan el ébola en Sierra Leona.
Por Abdiel Bermúdez Bdez
“Hermano, estoy en el primer grupo que parte para Sierra Leona. Un poco nervioso, pero bien… Vamos a mantener el contacto aunque esté lejos”. Del otro lado de la línea supuse a Quiñones en la larga fila de médicos que igualmente llamaban a sus familias y amigos para darles la noticia. Para despedirse.
“Cuídate mucho, eso es lo principal. Yo no dejaré de escribirte”. Intenté sonar alegre, orgulloso, confiado, aunque no sé si me salió como quería. Cuando colgamos, imaginé a mi amigo protegido por una escafandra blanca y rodeado de agónicos quejidos en medio de tanta muerte. Esa imagen me acompañó durante las últimas semanas, hasta que recibí un correo suyo asegurándome que estaba bien y me contaría en pequeños mensajes sus vivencias en África. Yo le pedí que me dejara compartirlas“.
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COMPROMISO DEL EQUIPO DE SOFTBOL DE LA PRENSA DE HOLGUÍN

(Texto leído por Abdiel Bermúdez durante el abanderamiento al equipo holguinero de softbol de la prensa, días antes del Campeonato Nacional de Softbol de la prensa)

Por estos días en los medios locales no se ha hablado con mayor énfasis de otra cosa que no sea el campeonato nacional de softbol de la prensa. No nos han quitado protagonismo ni siquiera el ascenso del precio de los camiones, ni el drama de las tallas de los uniformes escolares.

Parece que en los medios locales la pasión se está viviendo desde mucho antes de que se dé la voz de play. Y eso es bueno, porque crecen las expectativas de la gente que sigue a sus camarógrafos, periodistas, traductores, locutores, redactores y estudiantes. Leer más…

Fumar es… ¿un placer?

Querría matarme Sarita Montiel por cuestionarle el tema que tanta gloria le dio, pero a mí el cigarro me ha dado solo broncas, escarnios, malos ratos y falta de oxígeno. Nunca placer.

Tampoco entendí –ni entiendo– que la caja de cigarro traiga el dichoso cartelito: FUMAR DAÑA LA SALUD, como si se tratara de una advertencia pueril, porque es como si vendieran veneno y se hiciera una fila al instante para comprarlo.

A estas alturas cualquiera me diría que no soy Dios para juzgar a los demás, y respondería que no, que solo soy periodista. Y para no padecer el síndrome del catalejo, comenzaré hablando de mí mismo.

Tengo 31 años y una de las pocas cosas que sé con absoluta certeza sobre mi futuro, es que no seré nunca un fumador. Jamás he probado un cigarrillo con tal de integrarme a un grupo, ni para estar a la moda, ni por curiosidad, ni por haberlo visto en una película, de esas en las que el acto de fumar se ha concebido como hecho dramático irremplazable, porque ¡mira que en las películas se fuma!

Recuerdo que mi padrastro se esmeraba en fumar a cada rato, y yo, niño al fin, iba con las tijeras, a escondidas, para cortarle la punta roja del cigarro, aunque se molestara. La verdad es que en mi madura mente infantil, yo le estaba haciendo un favor, porque él después se llevaba ese molesto olor a todas partes, tal como le pasaba a mi tía, mi abuelo, mi papá y a los amigos de mi papá, a quienes olía en la distancia. Y cuando fumaban cerca de mí, me tapaba la nariz, o aguantaba la respiración, porque mi papá decía que los hombres tienen que aguantarlo todo, aunque no nos guste, que para eso somos hombres, ¿no?

Un día comencé a conocer los perjuicios del cigarro a la salud humana, y acabé aborreciéndolo aún más. Un cigarro posee amoníaco, arsénico, butano, cianuro, metano, monóxido de carbono, alquitrán, benzeno, formaldehído, radón y nicotina. Casi nada, apenas un compendio de muchas de las sustancias más venenosas que existen en el mundo.

Después viene el cáncer de pulmón, de faringe, o de lengua. Y las enfermedades respiratorias y circulatorias crónicas. Y un largo etcétera que no se cura si el humo continúa libre.

Las estadísticas, frías, pero calculadoras, aseveran que la mayoría de los fumadores se inició en este vicio entre los 16 y los 20 años de edad; algunos incluso antes. Y eso preocupa, porque los he visto en uniforme de secundaria básica fumando temprano para demostrar que “ya soy un hombrecito, porque me están saliendo los pelitos debajo de los brazos, se me hinchan las tetillas, hablo más gordo, tengo novia y hasta sé fumar”.

Pero la primera vez tosen muchísimo, casi se ahogan, porque no saben si tragarse la primera bocanada de humo, o soltarlo sin gracia. Hacerlo mal podría condenarlos a la burla del grupo, y eso sería un ultraje.

Hoy más de mil 400 millones de personas fuman en el mundo, lo que convierte al tabaquismo en una pandemia. Lo peor es que no solo mata a los que fuman, sino a los que no lo hacen, e incluso, a los que no viven aún junto a nosotros, pues los científicos aseveran que los bebés de madres fumadoras nacen más pequeños y son más propensos a padecer desarrollo cerebral deficiente, o muerte súbita, y a sufrir defectos como el labio leporino.

Cuando crecen, en plena adolescencia, son más sensibles a los efectos adictivos de la nicotina, por lo que podrían convertirse en nuevos fumadores, de esos que andan hoy en las guaguas, cines y espacios públicos con su olor a cuestas.

He preguntado por qué fuman y casi siempre recibo las mismas respuestas: “porque me relaja”, “porque me distrae”, “porque me da seguridad”. Y lo de la relajación y la distracción pasa, sí, pero… ¿seguridad? Seguridad en el cáncer “de bolsillo” que padece todo fumador, y en lo que puede sobrevenir un día si al vicio no se le pone fin.

Mi vecino Manolo tiene razón: de algo hay que morirse en este mundo. Pero yo particularmente quisiera que me tocara siendo un viejo, duro y sin camas de más, pero sobre todo sin el sufrimiento que puede implicar para mí y para mi familia padecer una enfermedad incurable, solo porque acepté vivir echando humo por la boca.

Mi vecina-terremoto

Foto: del autor

Foto: del autor

Por Abdiel Bermúdez Bdez
Tengo una vecina con la risa más estridente y loca de la Tierra. Sí, de todo el planeta. Abre la boca y sale disparada su risa incontenible cuando uno menos se lo espera. Le sale la risa por los labios, los dientes y hasta por los ojos, porque Yailén se ríe hasta con la mirada, y uno no puede escapar aunque viva dos pisos más arriba y esté acostado con la puerta del cuarto cerrada para evitar que entre la vecina por las hendijas.
Cuando no se ríe es porque tiene una justificación igual de grande que su risa: Jose no ha llegado de la Escuela del Partido porque la reunión era cosa seria y larguísima, Pedri no se quiere bañar para ver los muñes de Multivisión que ya sabe de memoria, o Alejandro arma un sube-y-baja del multimueble para coger la moto de madera que es un adorno pero él no ha aprendido la lección. Leer más…

Pepito Puñalá está de cumpleaños

Mi abuelo Pepe cumplió no-sé-cuántos años este 19 de octubre. No es que sean muchos: es que en verdad no me acuerdo. Más de 70 sí son, aunque él se piense de 15, o de veintipico. Y alguien lo imaginará viejo chocho y verde por lo que digo, pero ya quisieran tener muchos jóvenes la vitalidad de mi abuelo, que me legó tez oscura, bemba floreciente, lunar a la derecha y miopía intranquila. Eso sí, dinero no, aunque tampoco puedo decir que mi abuelo me haya escondido la billetera, sino todo lo contrario.

Cuando Mi abuelo pepehe tenido el bolsillo con hambre ha sido siempre la primera persona que busco para reponerme. Me siento en sus piernas, le meto un abrazo y le digo que, haciendo un inventario de la herencia genética antes mencionada, tal vez puede darme un adelanto del money que me toca cuando se despida de este mundo, algo para lo que aún falta muchísimo.  Y él se ríe con ese vozarrón enorme que tiene, con su voz de locutor, que no descubrió ninguna emisora de radio porque lo suyo era el timón.

Mayarí-Santiago de Cuba-Holguín-La Habana. No hay vía que mi abuelo Pepe no conozca de memoria en esos tramos. Siempre admiré sus camisas blanquísimas y las listas amarillas en sus charreteras azules, símbolo de tantos lustros sin accidentes. No olvidaré el día en que nos dijeron que dos guaguas habían chocado y ambos choferes habían partido. No supimos hasta horas después que un fallo mecánico había demorado a mi abuelo, quien llegó tarde –por suerte– al lugar siniestro. Jamás vi tantas lágrimas de alegría como cuando mi abuelo se apareció en casa. Y nadie se turnaba para abrazarlo. Todos juntos le caímos encima. No en balde mi abuelo ha sido siempre el jefe de la familia; y para mí, la persona más sensata y cuerda de todas. Tanto así que cuando mi mamá quedó embarazada en sus 18, fue él, su suegro, el que dijo que la barriga iba, eso no tenía discusión, ella y mi papá terminarían de estudiar y él los apoyaría. Por él aquí estoy yo, contando la historia, que muy probablemente me hubiera perdido sin su intervención certera, y hoy no podría hablar de su cumpleaños, de su espíritu fiestero, de lo buen bailador que es, de su amor de padre a toda prueba, de la vez aquella en que tuvo que echarle una bronca a mi papá adolescente, casi por mandato de mi abuela, y cuando esta se dio cuenta, los dos estaban abrazados llorando.

A mi abuelo le dicen Pepito, Pepito Bermúdez, y mucha gente le agrega Puñalá, sobre todo en su natal Mayarí, sin que él mereciera el calificativo más allá de una leyenda urbana en la que la sangre nunca llegó al río. Se fue un par de veces a Estados Unidos, a ver a su mamá, a mi Cristiní, y al resto de la familia, pero siempre volvió tan rápido como le fue posible, porque para él, sus hijos y sus nietos no pueden estar lejos de su vista.

La primera vez que hablé con mi abu por teléfono, estando en Haití, le solté: ¡¡¡El Pichiiiiii!!! Y allá lo sentí bebiéndose las lágrimas. Será porque me extraña, ¿verdad? Me ve en casi todos los noticieros, no me pierde ni pie ni pisada, y estoy seguro que cuando regrese será de los primeros en hacerme notar esa felicidad infinita que no se le escapa nunca de la cara.

Una cinta amarilla enlaza a Haití

Por Abdiel Bermúdez Bdez

De un día para otro amanecieron las puertas brillando de amarillo. Como si así se anduviera más cerca del sol, que alumbra cuando más falta hace, para alejar los odios, para espantar las injusticias.

De amarillo se ha vestido Haití, que con tantos cubanos solidarios es una extensión de la Cuba nuestra. No ha sido un vestido traído por los Imagenpelos, ni por imposición, ni por mandato. No hubo que pagarlo ni pedirlo prestado.

Solo hizo falta una voz que compulsara a otros, la voz de René hablando a sus hermanos, y enseguida las cubanas, que andan por estas tierras con el amor bajo el pecho, comenzaron a enlazar una ilusión que traiga de vuelta definitivamente a los hombres de otras cubanas igual de gigantes.

Esta vez la causa de los Cinco, el reclamo de su libertad, no viaja plegado sino al pelo de una mujer que hacía mucho no lucía cintas, y a las antenas o retrovisores de los carros, y a los árboles, y al corazón.

Nadie en Haití se puso amarillo por enfermedad o cobardía. Todos siguen sanando heridas en este pueblo que parece no entender por qué los médicos cubanos llevan cintas sobre el pecho. Y preguntan si es que hay fiesta. Y se les responde que no, que es un movimiento de solidaridad y de justicia lo que invocan estas cintas. Y ellos entienden.

En los diez departamentos del país sucede igual. Dondequiera que hay un cubano hay una cinta amarilla. Un lazo por los Cinco, espontáneo y sentido, que le añade a esta lucha liberadora otra dosis de humanismo, y a la esperanza le va cambiando su color.

Réquiem por Cristi

Por Abdiel Bermúdez Bdez

La noticia, la mala nueva, me tomó por sorpresa. Por un mensaje del Facebook supe que levantó la mano para despedirse. Y se fue a reír y a soñar enfrente de otro público, porque la sonrisa de la Cristi no ha padecido nunca de abulia.
La conocí por la pantalla del televisor, con su pelo escaso y revuelto, la boca roja y sus blusas amarillas, azules, y yo decía para mis adentros: ¿quién es la negrita esa, tan vivaracha, con esa voz quizás poco “audiovisual”, pero siempre feliz? ¿Por qué ella es de esas periodistas que nunca está lejos del barrio y de su gente? criti_risa
Era suyo, muy suyo, un programa casi “cederista” que seguíamos muchos, y se enorgullecía de él y de su conductora. Escribía sobre cualquier cosa. Tenía una opinión sobre todo. Buscando en los archivos adiviné que Tele Cristal había nacido con ella. O viceversa. Que junto a Magalys Pupo, esa otra dama del “vidrio”, formaba un dúo visceral, de mujeres apegadas a su pedazo de tierra, que lo mismo trepaban una montaña detrás de la noticia, que salían “en vivo” contando a su manera las historias de Holguín nacidas de la gente. Siempre la gente.
El día que llegué por vez primera a Tele Cristal, fue Cristi la tutora que me asignaron. “Escribe, muchachito, para escucharte” –me dijo. Y salió un comentario doloroso sobre la sequía que nos aguijoneaba por aquellos años. Leí con ganas en medio de la redacción, para los oídos de Cristi, mi única oyente. Me mandó a repetir la lectura, “para tener una idea más clara”, se puso seria, temí, y luego dijo alto para todos los que no estaban: ¡Pero si tiene voz, tiene voz! Y yo imaginé un elogio detrás de aquella sentencia henchida de lógica.
Después de eso no paré. Cristi me dio las oportunidades de hacer que todo practicante iniciático anhela. Y cuando recibo ahora a mis estudiantes en la redacción, es su imagen la primera que aparece ante mí, como si me aconsejara que les abriera el camino como ella hizo conmigo.
Después se jubiló “a medias”. Llegaba a veces a revisar correos, a buscar información para escribir para la web, a aconsejar a “los nuevos”. Y una vez al mes aparecía para dictar sentencia en las reuniones partidistas, con esa visión comparativa, tal necesaria para crecer, que solo da la experiencia.
Un día dejó de venir. Pensé que estaba en casa como las aves que emigran a buscar la calidez que el frío espanta. Y cuando viajé a Haití no imaginé nunca que encontraría en el Facebook una nota de despedida, de flores tiradas por la gente, su gente, mientras la risa de Cristi se toma la libertad de escabullirse para alegrar a otro público en un lugar que, de seguro, también la merece.

P.D Esto fue lo primero que vino a mi mente cuando supe la noticia de la muerte de Maria Cristina Rodriguez Castellanos, periodista de Tele Cristal, y fundadora de la TV en Holguín

El día de la despedida universitaria

Por Abdiel Bermúdez Bdez

 

Yaritza Cabrera lo recordó por mí, y le agradezco la inspiración…

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Hace justamente 6 años subí a las tablas del Heredia, para despedirme de la Universidad de Oriente con un título que me aseguró profesión y ganas de comerme el mundo, aun con una famélica nómina salarial, que en aquellos días era lo de menos.

Me tocó hablar en nombre de todos los graduados de todas las carreras de todas las facultades de la Universidad en ese 2007. Y fue un divertimento estar allí, mirando de frente a mis camaradas de un lustro en los asientos verdecitos del principal teatro santiaguero.

Lo que escribo hoy no es vanagloria, ni tufo a ello. Aquello fue, en esencia, una memoria particular que jamás podrá borrárseme. Y por eso lo cuento.

Nadie me había susurrado, dictado o tecleado el discurso. Lo escribí el día antes, en menos de una hora, cosa extraña en mí, que me demoro tanto entre texto y texto. Ahora mismo no recuerdo bien si se lo leí a mi Liu, puede que sí y que le preguntara si estaba duro y ella diría que no… Pero sí lo leyeron mis dos socios de cuarto de la última noche en aquella ciudad que ya era nuestra: los granmenses Dilbert y Rafael. Ambos lo aprobaron de inmediato.

El ruido que hacían miles de bocas era inmisericorde. ¡Quién iba a callar aquella jauría de muchachos relocos de felicidad! Mi mamá llegó desde Levisa en un carro salvador, y mi Liu vestía de negro, para enamorarme. Fue entonces cuando vino lo que me temía: minutos antes de empezar el acto, “alguien” quiso revisar el discurso, “para ver qué iba a decir”. Y accedí, claro, aunque me había jurado a mí mismo que no lo cambiarían.

Línea a línea se transformaba la cara  del censor en un poema sin rima… Yo serio, plantado en firme. Hasta que terminó asintiendo. A esa hora, cambiar (endulzar, atenuar, pulir…) aquello era más complicado que entrar al comedor del ISPJAM los martes del pollo.

Por si las moscas, previsor, había guardado una copia en un bolsillo, para sacarlo en caso de censura parcial o total, me daba igual. Por suerte, no hizo falta. Cuando dijeron mi nombre, tomé el texto y subí, con la certeza de que no había marcha atrás.

Y leí, alto y claro, para mis compañeros, el discurso que imaginé para nosotros, los graduados del 2007, sin mencionar logros numéricos ni sueños postergables. Omitiendo todo lo que sonara a arenga o consigna. Sin  hablar de nada que no fueran nuestras anécdotas y sufrimientos, epopeyas gloriosas en aulas y comedores y más allá de estos inclusive; de nuestras alternativas fabulosas cuando intentaron separarnos del sexo opuesto en tiempos de virginidades obligatorias; de amoríos y peleas underground; de todo lo que recordé de nuestra vida universitaria y que fui acomodando en 150 líneas, a Arial 12,  sin espacios de por medio.

Fue el momento en que me sentí parte plena de cada uno de los muchachos que me rodeaban. De todos, sin distinción, desde los “más mejores” hasta los más hijosdesumadre. Un instante feliz, de apenas 5 o 6 minutos, que mis compañeros y amigos, reconocidos en cada palabra, aplaudieron con ganas y hurras, todos de pie. Y justo frente a mí, a 15 metros, la rectora chocaba sus manos lentamente, muy lentamente.

Al bajar del escenario, Carlos Sanabia, el corresponsal de Radio Rebelde en la Ciudad Héroe, me tomó por un brazo y me llevó tras una puerta del teatro para entrevistarme. No dije mucho aquella vez, creo: ya había hablado demasiado. Después supe que mi mamá había saltado, toda nervios, al verme desaparecer: “¡Ahora sí se lo llevaron!”

Pero no. Salí ileso. Quienes me llevaron fueron los muchachos, desconocidos muchos, para pedirme el discurso que regalé a alguno y que después no les envié a todos, porque era difícil; y profesores y decanas, que me abrazaron de un modo salvador.

Vinieron fotos del grupo y sus diplomas, de gente inolvidable a seis años de distancia. Y abrazos de despedida.

Pero esta mañana, cuando leí el post de Yaritza, todo volvió de pronto, y me vi otra vez, más delgado y menos miope, subido en las tablas del Heredia, hablando de lo atrevidamente jóvenes que habíamos sido durante el mejor lustro de nuestras vidas, y que seguíamos siendo el día en que la Universidad de Oriente se despidió de nosotros.

Clínica móvil para rescatar sonrisas

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Fotos: Leandro Maceo y Abdiel Bermúdez

Por Abdiel Bermúdez Bdez

Cada rostro tiene una historia que contar latiendo en la mirada. Suelen ser historias tristes, marcadas por una desgracia que casi siempre engendra otra, y otra más, hasta que el corazón tiembla, aturdido, o se espanta.

Pero este es un día diferente para los niños de uno de los tantos orfanatos que existen en Croix des Bouquets, en el departamento oeste de Haití, y lo supe desde el momento en que vi aparecer a aquellas ocho mujeres con sus batas blancas. Leer más…

Tres meses en Haití, entre sueños y tristezas

Esta crónica la reproduje en imágenes anoche, en el Noticiero de Televisión. Hoy hace exactamente tres meses que pisé tierra haitiana, y quise compartir algunas vivencias con ustedes… 

Por Abdiel Bermúdez Bdez

¿Qué son tres meses en la vida de una persona? ¿Qué pueden significar 90 días en la estancia de un equipo de prensa que intenta dibujar, en relatos audiovisuales, qué es Haití y por qué Cuba le ha brindado su mano?

Parece un tiempo corto, y sin embargo no han faltado historias para contar desde que pisamos una tierra que tantos han considerado maldita.

Con las carboneras de Gonaïves

Pero la maldición que pesa sobre Haití tiene una huella más humana que divina. La colonia más rica de Francia en este lado del Atlántico hace unos 3 o 4 siglos, cedió su esplendor ante los embates de la piratería, las luchas internas, la sed de poder.

Dicen que los demonios de Haití tienen nombre: la colonización española, la dominación francesa, la injerencia de Estados Unidos, las dádivas de las organizaciones financieras internacionales, las dictaduras de los Duvalier, la soledad, el terremoto, el cólera…

El país que presagiaba un futuro floreciente, signado por la primera revolución que acabó con “la gran pena del mundo”, perdió su brillo y el hambre se ensanchó en las calles. Hasta hoy, las contradicciones inundan a Haití, y los carteles de grandes corporaciones comparten su espacio con la fotografía viviente de cuantos intentan espantar la miseria del estómago al menos una vez al día.

En tres meses solo hemos visto llover de noche. Y los aguaceros torrenciales parecen anunciar un diluvio al que temen los miles que aún viven en las carpas que “donó” el funesto terremoto de 2010. De día el problema es el sol, pero la gente se ha acostumbrado a su fuego.

Al menos para mí, la imagen más dura de Haití sigue siendo la de los niños tras el cristal, queriendo limpiar por solo cinco gourdes el parabrisas de los carros; y también la de los vendedores de cualquier cosa, que no quieren ser filmados, porque aseguran que los medios extranjeros se han enriquecido con la tragedia de este pueblo y han minimizado el espíritu de sus hijos.

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Todos quieren un nuevo destino para Haití. Nadie olvida los espasmos de la tierra ni los fantasmas de la epidemia de cólera, que cercenaron las vidas de miles de personas; pero los haitianos quieren empezar otra vez.

Las mujeres son las clásicas inspiradoras de estos anhelos, a partir del sacrificio personal, y los hombres llevan su fuerza bruta a todas partes, y sus ganas de sobrevivir también. No por gusto aquí hemos visto carnavales de alegría y gente orgullosa de su historia nacional. Y hemos presenciado la lucha por la vida de los médicos cubanos, y la mirada feliz de haitianos que jamás habían dicho gracias, porque nunca antes habían tenido un médico al que agradecer.

medicos

Dicen que 3 meses no es tiempo suficiente para “atrapar” esta nación. Todavía debemos conocer las islas haitianas, la difícil ruta de la Grand Anse, la majestuosidad de la Citadelle… Todavía nos aguardan historias que no imaginamos siquiera; pero Haití, con su carga de sueños y tristezas, comienza a cambiarnos definitivamente.

Causas y azares

Y las causas lo fueron cercando cotidianas, invisibles. Y el azar se le iba enredando poderoso, invencible.

Alejo3399

Un blog para reirse y, cuando se pueda, reflexionar

Poesía de Isla

Si miramos bien, encontraremos poesía en cada gota de rocío, en cada hoja que caiga, en cada espacio de Isla.